Geezer Butler, bajista y cofundador del grupo, expresó recientemente la ansiedad que siente ante la presentación final, prevista como un cierre definitivo de una trayectoria que redefinió el heavy metal desde su núcleo. En palabras de Butler: “Estoy teniendo palpitaciones… soñé que todo salía mal en el escenario y que nos convertíamos en polvo”.
La tensión que Butler describe no es solamente escénica, sino también histórica. El concierto se desarrollará en el estadio del Aston Villa, un detalle que, según Ozzy Osbourne, tuvo peso simbólico para convencer al bajista de sumarse: “Pensé: eso hará que Geezer esté más contento”. En efecto, el lugar no es solo una cancha, sino un punto geográfico de la memoria personal del músico, un retorno físico al sitio donde germinó el sonido oscuro que cambiaría el curso del rock pesado. Este gesto de localizar la despedida en un espacio con densidad emocional habla de una voluntad de cierre real, más allá del show business.
Pero el consenso no fue inmediato. Tony Iommi, el arquitecto del riff pesado que definió al grupo, se mostró escéptico frente a una nueva “última vez”. “No quería convertirme en una de esas bandas que hacen una gira de despedida y luego regresan otra vez”, dijo. Su aceptación final estuvo motivada por razones distintas a lo promocional: reconciliaciones personales, causas benéficas, y una necesidad tácita de clausura. Esa misma incertidumbre late en cada decisión logística, desde la puesta en escena hasta las capacidades físicas de sus integrantes. El propio Iommi reconoció que aún no saben con claridad cómo será el show. “Creo que Ozzy podría estar en algún tipo de trono… pero estoy tan a oscuras como cualquiera”.
Desde 2005, los miembros originales de Black Sabbath no han compartido un escenario completo. Las tensiones, enfermedades y reconciliaciones intermitentes han hecho de este reencuentro algo más cercano a un experimento emocional que a un producto de industria. La vulnerabilidad con la que Butler habla de su ansiedad es sintomática de un grupo que, por primera vez en mucho tiempo, parece más preocupado por la autenticidad del momento que por el espectáculo en sí. El miedo a que “todo salga mal” y que la banda “se convierta en polvo” revela más que un simple temor escénico: es la conciencia plena de que esta vez no hay más ensayos ni regresos posibles.

