Crónica: Braulio Carbajal y Yussel Barrera //
Fotografías: Johanna Malcher y Rubén Pérez Cerda //
León, Guanajuato. El calor se adhería a la piel como un manto de plomo el sábado 6 de septiembre, mientras nubes amenazantes flotaban sobre La Velaria de la Feria, ese vasto pabellón techado que es como una pista para los guerreros del metal. La cuarta edición del Candelabrum Metal Fest arrancaba con la promesa de caos controlado, y no decepcionó. Miles de almas vestidas en el atuendo ritual –battle jackets cosidas a mano con parches deshilachados de leyendas que jamás serán olvidadas, playeras con logos tan crípticos como jeroglíficos de un grimorio prohibido– se congregaban en la zona general, y otros tanto en la zona VIP. Mientras tanto, en un rincón del recinto, una exposición inédita cobraba vida por primera vez en la historia del festival: la obra del artista mexicano Néstor Ávalos, un visionario que ha plasmado la oscuridad del metal en lienzos que parecen sangrar. Sus colaboraciones con titanes como Deicide, Bloodbath, Moonspell –para cuyo álbum en vivo Lisboa Under the Spell creó una portada que él mismo llama “una figura que mezcla lo sacro y lo profano”–, Exodus, Sargeist, Dark Funeral, Rotting Christ y Varathron, entre otros, llenaban las paredes con demonios retorcidos, vírgenes profanadas y paisajes infernales inspirados en el satanismo, la mitología antigua y el horror visceral. Fans se detenían, hipnotizados, ante piezas como la dualidad profana de Duality of the Unholy Existence, un split entre Rotting Christ y Varathron bajo Hells Headbangers, donde Ávalos fusiona lo sagrado y lo blasfemo en un evangelio odioso que resonaba con el espíritu del cartel.
Pero el Candelabrum no era solo un festín para los sentidos auditivos y visuales; desde hace tres años, este ritual ha tejido hilos de solidaridad en su tapiz. Junto a Brigada Canina, se recaudaron 483 kilos de croquetas, 26 kilos de carne húmeda, 40 kilos de arroz, 62 litros de cloro, 46 litros de limpia pisos, 8 cobijas y 4 kilos de carnaza para albergues de animales abandonados. Y en alianza con Alucca y la campaña “Héroes sin Mata”, los asistentes donaron 161 trenzas de cabello para pelucas oncológicas, un gesto que transformó el rugido del metal en un eco de empatía humana. Mientras bolsas de croquetas se apilaban en los puntos de recolección y voluntarios cortaban trenzas, el público –una marea de efusividad en la general, donde los moshpits ya calentaban como preámbulo, y más serenos en el VIP, con mesas laterales para saborear la comodidad– se preparaba para el banderazo inicial.

A mediodía, puntual como un reloj suizo en medio del infierno, Anticolor irrumpió en el escenario principal, fusionando death, black, thrash y heavy metal en una tormenta mexicana que sacudió los cimientos de La Velaria. Los capitalinos, con su brutalidad visceral, calentaron motores para un público que ya coreaba riffs que evocaban la crudeza de la escena nacional. No tardó en seguir Unholier, la leyenda regia que impregnó el aire de ocultismo denso, sus atmósferas siniestras envolviendo a los asistentes como un velo de niebla. El tercer asalto vino de Fumes, cuyo black metal cortante, valga la redundancia, cortó el ambiente como una guillotina, manteniendo la intensidad con un sonido crudo que hacía cimbrar los vasos oficiales del festival, codiciados como souvenirs.

A medida que el festival ganaba impulso, los asistentes recargaban energías en los puestos de comida y bebida dispersos por La Velaria, un mercado que reflejaba el espíritu crudo pero comunitario del evento. Dos latas de cerveza de 255 ml costaban 170 pesos. Los esquites, ese maíz cremoso y picante mexicano, se vendían a 80 pesos por vaso. Los tacos de bistec costaban 180 pesos. El ramen con esquites, una fusión festivalera audaz, tenía un precio de 120 pesos, mientras que los tostiesquites costaban 100 pesos y los sándwiches vegetarianos 180 pesos. El choripán y las quesadillas de chistorra se ofrecían a 200 pesos cada uno, las flautas de papa a 180 pesos, y los sándwiches de portobello a 250 pesos. Para opciones más contundentes, la costilla BBQ se vendía a 250 pesos, y las patas de pavo BBQ alcanzaban los 300 pesos. Las guacamayas, el orgulloso sándwich leonés de chicharrón enchilado, y los Campejochos costaban 180 pesos cada uno, mientras que el birriamen, una especialidad local peculiar, se ofrecía a 200 pesos. Los shots de tequila costaban 180 pesos, el whisky 210 pesos, y los vasos oficiales del festival, un distintivo de honor para los asistentes, estaban disponibles por 80 pesos. Estas opciones mantenían a la multitud alimentada, con sus billeteras tan comprometidas como sus espíritus, mientras se sumergían de nuevo en el asalto sónico y visual.

El salto internacional llegó con Fossilization desde Brasil, su doom/death sumió el recinto en una oscuridad densa, perfecta para el headbanging incipiente. Grecia respondió con Zemial, cuyo black/thrash golpeó como un rayo, y justo en el clímax de su set, una lluvia torrencial se desató sobre La Velaria, empapando el techo y añadiendo un dramatismo apocalíptico que parecía orquestado por los dioses del trueno. El público, eufórico en la zona general, no se amilanó; al contrario, los moshpits se volvieron un baile bajo el diluvio simulado (aunque protegidos por el extenso techo del recinto). Y entonces, el momento que quedará grabado en la historia: Sir Proscriptor McGovern de Absu se unió a Vorskaath de Zemial en una colaboración que conmemoraba el 30 aniversario de The Sun of Tiphareth, desatando un black/thrash ocultista que hizo rugir al público como una bestia primordial. Proscriptor, con su presencia magnética, elevó el set a un ritual, y mientras la lluvia cesaba, fans se acercaban a los puestos de merchandise, donde se podían encontrar desde joyas ocultas de metal extremo en vinil, hasta playeras y sudaderas de cualquier banda de metal que te puedas imaginar.

La tregua climática permitió que Eclipse, los suecos del hard rock, subieran a las 16:10, inyectando potencia melódica con riffs que evocaban los 80s, pero con un filo moderno. Canciones como “Viva La Victoria” y “Runaways” hicieron cantar al público, un contraste vibrante con la brutalidad previa, unieron puristas del extremo con melómanos más accesibles. El ambiente bullía: battle jackets desfilaban como armaduras vivientes, con parches de logos indescifrables que proclamaban devoción profunda, y no era raro toparse con miembros de bandas charlando con fans, sacándose fotos improvisadas que capturaban la camaradería única del Candelabrum.


A las 17:05, con el sol cayendo, Shape of Despair de Finlandia tejió su funeral doom alrededor de La Velaria, una pesadez melancólica que envolvió el recinto como un sudario. Pioneros del género desde 1995, con discos como Shades of… y Return to the Void, sus paisajes de miseria y soledad –temas como “Reaching the Innermost” o “Monotony Fields”– sumieron al público en introspección, el ocaso amplificando la carga emocional. En la zona general, el headbanging se volvió un movimiento lento, casi ritual, mientras en el VIP, espectadores conservadores apreciaban desde sus mesas. El contraste con Eclipse era brutal, pero magistral, y mientras algunos donaban trenzas para “Héroes sin Mata” en un puesto cercano, el ambiente se sentía como un duelo colectivo por la belleza oscura del doom.


El giro morboso llegó a las 18:00 con Ancient Rites, los belgas que subieron sin su vocalista Gunther Theys, hospitalizado y ausente, en medio de una polémica fresca con la banda mexicana Ash Nazg Burz, quien los acusó de comentarios racistas y llamó al boicot. Sin embargo, tras declaraciones que aclararon el aire, el público mexicano respondió con ovaciones, enfocándose en el black/folk épico de la banda formada en 1988. Temas como “Mother Europe” y “Aris” resonaron con ferocidad pagana, y aunque la ausencia de Gunther –reemplazado por coves grabadas y por los miembros de la banda– generó dudas, la resiliencia de Ancient Rites transformó la incertidumbre en catarsis. Fans en la general, efusivos, formaron círcle pits. Después de su actuación, miembros de la banda pasearon por el reciento, platicando y tomándose fotos con los fans mexicanos, señal inequívoca de la reconciliación.

La noche cayó como un telón negro a las 19:00, y Morbid Saint desató el infierno con su thrash/death ennegrecido, un clásico de Wisconsin cuyo Spectrum of Death de 1990 es un pilar del género. Riffs desgarradores provocaron moshpits a diestra y siniestra, cuellos moviéndose a máxima velocidad en un caos de violencia pura. La zona general era un vórtice, con cuerpos chocando como en una batalla tribal. Posteriormente, Hällas, los suecos del metal progresivo, subieron a las 20:00 para abrir la fase nocturna con energía épica, su “rock de aventura” inspirado en los 70s –temas como “Star Rider” y “The Astral Seer” de Excerpts from a Future Past– tejiendo narrativas medievales que invitaban a un headbanging narrativo, un respiro melódico tras la ferocidad de Morbid Saint.




A las 21:00, The 3rd and the Mortal hipnotizaron con su doom melódico atmosférico, pioneros noruegos reunidos para el 30 aniversario de Sorrow y Tears Laid in Earth. La voz etérea de Kari Rueslåtten en “Vandring” y “Death Hymn” creó un trance colectivo, el público en la general sumido en un silencio reverente roto por olas de aplausos. La melancolía se evaporó a las 22:00 con Repulsion, los padres del grindcore, interpretando Horrified de cabo a rabo a las 22:20. Su death/grind crudo –“The Stench of Burning Death”, “Eaten Alive”, “Crematorium”– fue una ráfaga de 29 minutos de brutalidad lo-fi que no dejó indiferente a nadie, moshpits descontrolados en la general como un mar revuelto.


Y entonces, rozando la medianoche a las 23:40, el cierre del primer día: The Kovenant (antes Covenant), la leyenda noruega del black metal sinfónico, con un set exclusivo de Nexus Polaris de 1997. Formados en 1992 por Nagash y Blackheart, su fusión de crudeza black con teclados majestuosos –“The Sulphur Feast”, “Planetary Black Elements”, “Chariots of Thunder”– desató la locura total. El público enloqueció, un mar de brazos alzados en la general, headbanging sincronizado como un ritual pagano. Nagash, con su voz feroz, invocó una bella oscuridad que iluminó la noche, un contraste sinfónico con el grind previo que dejó a La Velaria temblando. Un cierre épico del primer día que dejó a todos con piel “chinita” y los bellos “erizados”,fue la mezcla perfecta entrebelleza y brutalidad.



Segundo día: Candelabrum Metal Fest
El domingo 7 amaneció con sol implacable, pero La Velaria ya bullía a las 12:00 con Summoning Death, los yucatecos que abrieron con death metal brutal inspirado en El Señor de los Anillos. Riffs pesados evocaban Mordor, el público en la general respondiendo con headbanging; mientras tanto, los fans que iban llegando hacían fila para donar alimento para los perritos de la Brigada Canina. A las 12:45, el momento histórico: Black Hate, la entidad sumeria mexicana, se despidió bajo ese nombre para renacer como Hierophany. Ikanunna, su mente maestra, declaró: “Es un honor despedirnos en el Candelabrum”, y su black metal atmosférico cargó el aire de emoción. El público, efusivo, ovacionó el fin de una era de casi 20 años. Fans se acercaron a Ikanunna después, esa hermandad que trasciende el escenario.

Cerrando la participación de las bandas mexicanas a las 13:30, Split Heaven de Querétaro irrumpió con heavy metal clásico, pero con un twist folclórico: notas de música regional mexicana y un extra vestido de charro con cara de calavera interactuando con el público, incitando coros y headbanging. Demostraron la alta calidad del metal nacional, influenciado por Iron Maiden y Judas Priest, mientras la zona general estallaba en euforia cultural. El charro-calavera, un símbolo vivo de la fusión México-metal, levantó al recinto, y miembros de la banda posaron con fans, capturando la efusividad que distingue lal metalero.
A las 14:16 (cuatro minutos antes, fiel a la puntualidad impecable del festival), A Canorous Quintet trajo su death metal sinfónico elegante desde Suecia, un clásico de los 90s con riffs melódicos de Silence of the World Beyond como “Silence of the World Beyond”. Su atmósfera refinada, grabada en estudios legendarios como Sunlight, envolvió La Velaria. Luego, Pyogenesis, los alemanes eclécticos, subieron a las 15:10 con un set que zigzagueaba entre death/doom y pop punk bien recibido a pesar de su imprevisibilidad, con fans en la zona general saltando durante los pasajes punk.


A las 16:00, Necrot desató el death old-school de Oakland con brutalidad que despertó moshpits múltiples. El vocalista soltó un “¡A la verga el gobierno corrupto!” en español, seguido de “¡Échenle galleta!”, conectando visceralmente con el público mexicano. Temas como “Curt the Cord” o “Drill the Skull” de Lifeless Birth machacaron, la general un torbellino. Luego Onslaught, los británicos del thrash, esperados como un acto estelar, subieron a las 17:00 con un sonido machacante y veloz –“Thermonuclear Devastation” y “Let There Be Death” de The Force–, moshpits girando como torbellinos en la general, Sy Keeler cortando con su voz afilada.



A las 18:00, Tygers of Pan Tang debutaron en México, los pioneros NWOBHM de 1978 rugiendo con “Euthanasia”, “Love Don’t Stay”, “Hellbound” y su cover de “Love Potion No. 9”. El público estalló en euforia apoteósica, como lo describió el festival, un rugido que cimbró La Velaria por primera vez en suelo azteca. Robb Weir y compañía alentaron sin tregua, fans en la general coreando. The Crown, a las 19:00, trajeron death/thrash sueco con un set old-school de Deathrace King –“Deathexplosion”, “Blitzkrieg Witchcraft”, “Total Satan”–, melodías sucias y letras antireligiosas que deleitaron, moshpits intensos en la general. Un placer ver a la realeza escandenava en México.


La recta final arrancó a las 20:00 con Primordial, los irlandeses del pagan black con folk celta, un show magistral liderado por Alan “Nemtheanga” Averill, cuya interacción constante –gritos apasionados y conexiones directas– fusionó furia ancestral en “Empire Falls” y “No Grave Deep Enough”. El público, en trance efusivo, respondía con entusiasmo. A las 21:00, Absu con Sir Proscriptor McGovern al frente –rostro parcialmente pintado de negro– robó la noche con teatralidad oscura, un black/thrash mitológico de The Sun of Tiphareth, un ritual devastador que dominó el escenario como una invocación maligna, la general en éxtasis con moshpits explosivos.



A las 20:20, Agalloch de Portland tejieron su post-metal experimental –progresivo, folk, neofolk, doom y black– en un set perfecto de Ashes Against the Grain: “Falling Snow”, “Limbs”, “Not Unlike the Waves” y “Our Fortress Is Burning… II: Bloodbirds”. Una paleta sonora que pintó el lienzo del público con matices introspectivos, uno de los mejores shows en la historia del Candelabrum, dejando a la general en un trance glorioso. Y finalmente, a las 23:40, el headliner indiscutible: Obituary, pioneros del death metal de Tampa, con un set centrado en Cause of Death –“Chopped in Half”, “Body Bag”, “Dying”– más “Redneck Stomp”, “I’m in Pain” y cierre brutal con “Slowly We Rot”. John Tardy’s voz pantanosa y los riffs aplastantes de Trevor Peres desataron torbellinos de moshpits, la general un caos masacrante, miles exprimiendo los últimos minutos. El público, desde la CDMX y el mundo, ovacionó a esta leyenda que pocas veces pisa México.




El Candelabrum 2025 no fue solo metal; fue un tapiz vivo de furia, arte y alma, donde la distorsión de las guitarras se entretejía con donaciones para perritos y pelucas, battle jackets desfilando junto a charros calaveras, y artistas como los de Pyogenesis, Tygers of Pan Tang, Morbid Saint, A Canorous Quintet, Hällas, Necrot, Obituary, Absu, o GRÁ (que estuvo en la pre-fiesta), entre otros, conviviendo como uno más. Una edición que consolida su legado, atrayendo almas de varias partes del mundo a León para un ritual que en cada edición se consolida de manera más firme.





