Birmingham, Inglaterra, a mediados de los años 60, era una ciudad construida alrededor de las fábricas. El acero, el humo y los turnos interminables definían la vida de la mayoría de sus habitantes. Tony Iommi conocía bien esa rutina, pero tenía un plan para escapar de ella. Era guitarrista y estaba a punto de salir de gira por Europa con su banda por primera vez. Solo le faltaba cumplir con su último día de trabajo en la planta.
El último turno que nadie olvidó
Su madre lo convenció de regresar después del almuerzo para terminar el turno como era debido. Al volver, le asignaron una máquina que nunca había operado porque el trabajador habitual no se había presentado ese día. Fue en ese momento cuando la prensa le arrancó las yemas de los dedos medio y anular de la mano derecha. Tenía 17 años. La gira quedó cancelada. Iommi estuvo en cama convencido de que nunca volvería a tocar la guitarra.
Soluciones caseras que cambiaron la música
Lo que hizo después no tenía ningún propósito artístico. Era pura necesidad. Fabricó unas puntas postizas con material plástico para poder volver a sujetar las cuerdas. El problema era que con esas prótesis caseras no sentía el instrumento de la misma manera, lo que lo obligaba a presionar con mucha más fuerza de lo normal.
Tocar solos de notas individuales se volvió prácticamente imposible, así que empezó a construir su estilo alrededor de acordes. Los power chords, esos acordes de dos o tres notas que hoy son la columna vertebral del metal y el rock duro, se convirtieron en su herramienta principal no por elección sino por limitación física.
Doblar las cuerdas tampoco era una opción viable, así que buscó cuerdas de calibre más delgado para reducir la tensión. Primero probó con cuerdas de banjo y luego encontró unas de guitarra lo suficientemente ligeras para trabajar con sus dedos. Para compensar la falta de expresividad que eso generaba, comenzó a bajar la afinación de su guitarra varios semitonos por debajo del estándar. Las cuerdas más flojas eran más fáciles de manejar, pero también producían un sonido más grave, más oscuro y más pesado que cualquier cosa que existiera en el rock de esa época.
El sonido que nadie había escuchado antes
Ninguna de esas decisiones fue tomada pensando en crear un género musical. Iommi solo intentaba seguir tocando a pesar del accidente. Pero la suma de todos esos ajustes, las prótesis, la presión fuerte sobre las cuerdas, los acordes en lugar de solos, las cuerdas ligeras y la afinación baja, produjo algo que no tenía precedente.
Cuando Black Sabbath grabó sus primeros discos, ese sonido grave, denso y repetitivo basado en riffs de acordes se convirtió en la base sobre la que se construyó el heavy metal. El álbum Master of Reality, de 1971, llevó la afinación hasta Do sostenido y terminó de establecer una identidad sonora que bandas de todo el mundo llevan décadas reproduciendo y reinventando.
El propio Iommi reconoció en múltiples entrevistas que perder las yemas de los dedos fue el peor momento de su vida, pero también el que definió todo lo que vino después. Brian May, guitarrista de Queen, lo llamó el verdadero padre del heavy metal. No como un gesto de cortesía, sino como una descripción bastante literal de lo que ocurrió en una fábrica de Birmingham un día cualquiera de mediados de los años 60.
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