Lo que vivimos el fin de semana en el Estado GNP de la Ciudad de México no fue sólo un concierto. fue un viaje en el tiempo, una deuda saldada con el corazón de miles que, peligrosamente cerca de los 40 o ya cruzando esa línea, encontramos en Oasis algo más grande que una banda: un pedazo de nuestra juventud, un fragmento de esos días de los 90 donde el mundo parecía infinito y las canciones eran el mapa de un alma inquieta. Diecisiete años habían pasado desde su última visita a México, y en ese lapso, el antiguo Foro Sol había sido testigo de hazañas sonoras: los rugidos incansables de Metallica, la pirotecnia visceral de Rammstein, la consistencia de Iron Maiden, los eternos recitales de The Cure, la elegancia eterna de Paul McCartney, los himnos crudos de Foo Fighters. Pero nada (con excepción del regreso de los Rolling Stones en 2016), había encendido la ciudad con la chispa de esta reunión. Oasis, con su britpop insolente y sus melodías que saben a nostalgia, llegó para reclamar su lugar como el eco más potente de toda una generación.
Para quienes crecimos con el zumbido de las guitarras de Noel Gallagher y la voz desafiante de Liam, Oasis no es solo música, es el recuerdo de tardes con amigos o frente a un televisor sintonizado en el Canal 28 o MTV con videos musicales que parecían capturar algo eterno; especialmente cuando aparecía el de Wondewall, con ese blanco y negro que evocaba una atmósfera nostálgica y atemporal, caracterizada por los primeros planos del vocalista Liam, que con su postura altiva, las manos detrás de la espalda, cantando como si el mundo le perteneciera; mientras Noel, detrás, tejiendo acordes que eran puentes hacia un lugar que ya no existe. Esos videos, eran ventanas a un tiempo donde todo era descubrimiento, donde la vida aún no pesaba tanto y las canciones de Definitely Maybe o (What’s the Story) Morning Glory? eran el telón de fondo de nuestras primeras rebeldías, nuestros primeros amores, nuestras primeras despedidas. Ver a Oasis en 2025 no se trataba sólo de ir a un concierto; era cerrar un círculo, mirar a los ojos al adolescente que fuimos y decirle: “Disfruta. Todo está bien”.

La lluvia, caprichosa como siempre en la Ciudad de México, quiso ser protagonista esa noche del sábado 13 de septiembre, igual que un día antes. Desde la tarde, el cielo se desgajaba por momentos en ráfagas que empapaban las calles aledañas al estadio. Pero los fans de Oasis, curtidos por la espera de casi dos décadas, no se doblegaron. A pocas cuadras, en patios improvisados de casas que se transforman en bares clandestinos, la música de los Gallagher retumbaba mientras las cervezas corrían como ríos. Ahí, entre el humo y las risas, se formaba un mosaico humano que parecía arrancado de los 90: camisetas de fútbol, principalmente del Manchester City (equipo favorito de los Gallagher), sudaderas Adidas, tenis gastados de la misma marca y, por supuesto, esos sombreros de pescador que Liam convirtió en un emblema. Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si todos, por un momento, hubiéramos decidido volver a ser quienes éramos cuando Wonderwall sonaba en loop en nuestras cabezas.
A las nueve en punto, cuando la lluvia dio una tregua milagrosa, el estadio se convirtió en un hervidero. La oscuridad se rompió con un rugido colectivo, un grito que llevaba años guardado. Los controvertidos hermanos subieron al escenario tomados de la mano, un gesto que, después de tantas peleas y titulares, parecía un pacto tácito. La primera nota de Hello cayó como un relámpago, y el estadio entero se estremeció. Liam, con su chaqueta verde, mascando chicle (durante todo el concierto) y con esa postura inmóvil que es puro desafío, dejó que su voz raspara el aire. Noel, el arquitecto sonoro, hacía cantar a su guitarra con una precisión que no ha perdido un ápice de su magia. Junto a ellos, Paul “Bonehead” Arthurs, Andy Bell, Gem Archer, Christian Madden y Joey Waronker construyeron un muro de sonido que era a la vez un abrazo y un golpe al pecho.

El setlist fue un recorrido por la memoria, puro hit. Morning Glory hizo temblar las gradas, con miles de cuerpos saltando al unísono, como si la canción hubiera sido escrita para ese preciso instante. Cigarettes & Alcohol desató una catarsis colectiva haciendo volar una buena cantidad de vasos de cerveza; en un momento, Liam pidió a la multitud girar y saltar al ritmo, y el estadio se convirtió en un mar de movimiento, una comunión que borraba las distancias entre desconocidos. Stand by Me iluminó el cielo con miles de celulares, creando un firmamento de luces que palpitaba al compás de la música. Las tres pantallas gigantes (una en cada costado y una al centro del escenario) mostraban fotos de los Gallagher en sus días de gloria, imágenes en blanco y negro que se mezclaban con efectos psicodélicos y primeros planos de la banda en acción, dándole al espectáculo una intimidad que contrastaba con su magnitud.

Slide Away arrancó suspiros, un lamento dulce que parecía hablar de amores perdidos y tiempos que no volverán. Whatever y Little by Little envolvieron al público en esa atmósfera única que Oasis sabe crear, una mezcla de melancolía y esperanza que te hace querer abrazar a quien tienes al lado. En Live Forever, un guiño a The Beatles con fragmentos de Octopus’s Garden desató vítores; es así como Oasis reconoce su lugar en la historia, tejiendo un puente entre pasado y presente. La banda, con esa mezcla de arrogancia y vulnerabilidad que los define, tocaba con una química que desmentía los años de desencuentros. Las miradas entre Liam y Noel, las sonrisas a medias, los gestos burlones, eran pequeños destellos de una hermandad que la música siempre logra rescatar.

El encore fue un sueño del que nadie quería despertar. The Masterplan abrió la recta final con su melancolía envolvente, seguida de Don’t Look Back in Anger, que transformó al estadio en una sola voz, un coro masivo que cantaba como si la vida dependiera de ello. Y entonces llegó Wonderwall. No hay palabras que alcancen para describir lo que se siente cuando 65 mil personas cantan al unísono una canción que ha sido refugio, himno y catársis para tantos. El cierre con Champagne Supernova fue pura magia: los acordes se alargaron, flotando en la noche, las manos se alzaban y el estadio rugía en un aplauso que parecía no querer terminar.
La última vez que Oasis tocó en México fue en 2008, en el Palacio de los Deportes. Desde entonces, los pleitos entre los hermanos parecían haber enterrado cualquier esperanza de volver a verlos juntos. Pero la “milagrosa” reconciliación (acompañada por unos buenos millones de dólares) que dio vida a la gira Live ’25, con boletos que se esfumaron en minutos, trajo de vuelta a los Gallagher y, con ellos, a una generación que se niega a dejar ir los 90. Esa noche en el Estadio GNP no fue solo un concierto; fue un reencuentro con nosotros mismos, con los chicos que fuimos, con las promesas que nos hicimos bajo el influjo de una guitarra y una voz que nos decían que, tal vez, podíamos vivir para siempre.



