Un sábado gris y lluvioso en la Ciudad de México envolvía las calles en un aura melancólica, el escenario perfecto para recibir a una leyenda del metal. Marty Friedman, virtuoso de la guitarra, llegaba a suelo azteca con la fuerza de su nuevo álbum, Drama, dispuesto a encender los ánimos de una noche que prometía ser inolvidable.
El Lunario del Auditorio Nacional, con su atmósfera íntima y envolvente, era el escenario perfecto para una noche cargada de virtuosismo. Fans incondicionales de la era de Marty Friedman con Megadeth se mezclaban con devotos del shred, ese subgénero donde la guitarra desata cascadas de notas a velocidad vertiginosa, relegando la voz a un segundo plano. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro, la expectativa electrificaba el aire.
Tras cruzar las puertas y con las primeras cervezas o tragos en mano, el público vibró con la entrada de Obesity, una banda que irrumpió con una fusión arrolladora de djent y metal progresivo instrumental. Sus riffs, obesos y densos, retumbaron en el recinto, mientras Alfredo, un guitarrista de técnica impecable, desgranaba licks que cortaban el aliento. La banda desató una energía visceral, marcando el tono de una velada donde las seis cuerdas serían las verdaderas protagonistas. Los asistentes, entregados, rugieron pidiendo más, pero los mexicanos, con una sonrisa y un saludo fugaz, desmontaron su equipo, dejando al público ansioso por lo que vendría.

Minutos después, el segundo acto de la noche irrumpió en el Lunario con un destello de energía. Andy Addams, virtuoso guitarrista colombiano afincado en Estados Unidos, apareció en el escenario envuelto en un traje resplandeciente, con luces que danzaban en colores al ritmo de su música. Con una trayectoria que incluye compartir escenario con titanes como Ozzy Osbourne, Symphony X y Coheed and Cambria, además de dirigir el espectáculo de rock más célebre en la historia de los cruceros, Addams no es ajeno a cautivar audiencias. Su presencia era puro magnetismo.
Interpretando temas de su álbum The Eye of the Moon, Addams desató una exhibición de destreza en su guitarra PRS, con una precisión quirúrgica que dejó boquiabiertos a los presentes. Entre riffs fulminantes y solos que parecían desafiar la física, intercambió palabras con el público, creando un vínculo cálido y genuino. Para cerrar con broche de oro, el guitarrista ofreció un popurrí explosivo que recorrió clásicos de Journey, Van Halen y Dream Theater, además de rendir homenaje a animes icónicos como Saint Seiya y Dragon Ball. La multitud, encendida, cantó al unísono cada nota, transformando el Lunario en un coro vibrante de nostalgia y pasión.

El momento estelar de la noche: Marty Friendman
La expectativa en el Lunario era palpable. Muchos sacrificaron una cerveza más para no ceder un solo centímetro de su lugar, ansiosos por no perderse al acto estelar. Tras una breve pero tensa espera, Marty Friedman, el indiscutible MVP de la noche, emergió junto a su banda. Se alinearon frente a la batería, como un ritual, desatando un rugido colectivo que marcó el inicio de un espectáculo inolvidable.
Desde la primera nota, Marty rompió con el molde de los shredders que se pierden en su técnica. Corría de un lado a otro del escenario, desbordando carisma, intercambiando guiños y bromas con el guitarrista Naoki Morioka y la bajista tokiota Wakazaemon, mientras Chargeee, el baterista, ofrecía un show paralelo con su energía descomunal tras los tambores. Cada canción era una explosión de virtuosismo y conexión, un torbellino que mantenía al público al borde de la euforia.
Los momentos álgidos llegaron como relámpagos. Marty, micrófono en mano, soltó su icónico “¡A huevo!”, desatando una ovación ensordecedora. Luego vino “Tornado of Souls”, para muchos el solo de metal más grandioso de la historia. En un giro teatral, Naoki tomó primero la guitarra, hasta que Marty, con un divertido “What the fuck?”, reclamó el spotlight, incitando al público a rugir en apoyo. Otro instante mágico fue cuando el ambiente se tornó íntimo con “Tearful Confession”, un tema de su nuevo álbum Drama, que envolvió al Lunario en una atmósfera de pura emoción.
El público, ya en éxtasis, vibraba con cada acorde. La energía de Marty y su banda era genuina, un deleite contagioso que se reflejaba en sus sonrisas y complicidad. El siguiente punto álgido llegó con “Elixir”, precedida por un desafío del guitarrista estadounidense: “¿Están listos para el metal?”. La respuesta fue un estruendo. Luego, “Dragon Mistress”, un clásico de su primer material, hizo que los fans de hueso colorado estallaran en gritos de júbilo.
Como showman consumado, Marty sabía cómo alimentar la conexión con su audiencia. Se tomó su tiempo para presentar a cada miembro de la banda, dándoles espacio para brillar con solos y momentos propios que arrancaron aplausos fervorosos. Su humildad y pasión eran el combustible de una noche que nadie quería que terminara.
El cierre fue un broche de oro cargado de corazón. Marty dedicó “For a Friend” a Jason Becker, su amigo y compañero en Cacophony, quien, pese a su enfermedad, sigue creando música. El público coreó el nombre de Jason, un gesto que visibly emocionó a Friedman. Con esa última nota, el Lunario se llenó de un calor humano que dejó a los asistentes con un sabor de boca imborrable, una noche donde el metal, la pasión y la amistad se fundieron en un solo latido.


