Metallica no es solo una banda; es un monolito que lleva cuatro décadas tallando su nombre en el acero del metal. Desde los garajes polvorientos de Los Ángeles hasta los estadios abarrotados de medio mundo, han lanzado discos que no solo definieron un género, sino que lo hicieron sudar, rugir y, a veces, hasta sangrar. Pero si te sientas a diseccionar su discografía con un bisturí afilado y una cerveza fría, hay un álbum que siempre parece flotar por encima del resto cuando se habla de canciones que golpean duro y se quedan contigo: Master of Puppets, soltado al mundo el 3 de marzo de 1986.
No es una elección al azar ni un capricho de fan nostálgico. Este disco, el tercero de su carrera, llegó en un momento donde Metallica estaba afilando sus colmillos tras el crudo Kill ‘Em All (1983) y el expansivo Ride the Lightning (1984). Con Master of Puppets, encontraron un equilibrio brutal entre velocidad, melodía y una furia que no se siente forzada. Es un trabajo donde cada pista parece un puñetazo calculado, desde el arranque frenético de “Battery” hasta el cierre instrumental de “Orion”, que suena como si Cliff Burton hubiera decidido pintar un paisaje lunar con su bajo antes de despedirse demasiado pronto.
Piénsalo: “Battery” te agarra por el cuello con esos riffs que cortan como vidrio roto, mientras James Hetfield escupe letras sobre fanatismo con una rabia que no necesita adornos. Luego está la canción que le da su nombre al disco, “Master of Puppets”, un viaje de ocho minutos y medio que te arrastra por callejones oscuros de adicción y control, con un solo de Kirk Hammett que serpentea como una chispa en un cable pelado. Y no hablemos de “Welcome Home (Sanitarium)”, que empieza suave, casi susurrante, antes de estallar en un lamento que te hace sentir atrapado en tu propia cabeza. Cada tema tiene su propio ADN, pero juntos forman un organismo vivo, pulsante, que no te suelta.
Los números respaldan la intuición. Master of Puppets fue el primer álbum de Metallica en alcanzar el platino en Estados Unidos, certificado por la RIAA en noviembre de 1986, y desde entonces ha vendido más de seis millones de copias solo en ese país (según datos actualizados de la Recording Industry Association of America). No es solo un éxito comercial; es un pilar del thrash metal que bandas posteriores, desde Slayer hasta Gojira, han estudiado como si fuera un manual de instrucciones. La producción, a cargo de Flemming Rasmussen en los estudios Sweet Silence de Copenhague, le dio un sonido crudo pero nítido, algo que ni el relámpago caótico de Ride the Lightning ni el pulido excesivo del Black Album (1991) lograron replicar con la misma precisión.
Claro, no faltará quien levante la mano por Ride the Lightning, con su “Fade to Black” que mezcla melancolía y potencia como si fuera una receta secreta, o por el Black Album, que llevó a Metallica a las radios con “Enter Sandman” y vendió más de 16 millones de copias en Estados Unidos (RIAA, 2023). Son discos titánicos, pero les falta algo que Master tiene de sobra: cohesión visceral. En Ride, todavía estaban probando sus alas; en el Black, ya apuntaban a un público más amplio, sacrificando algo de filo por accesibilidad. Master of Puppets, en cambio, es Metallica en su estado más puro, atrapado en ámbar justo antes de que el mundo los convirtiera en gigantes.
Y luego está “Orion”. Si alguna vez dudaste del genio de Cliff Burton, esta pieza instrumental te calla la boca. Es un lienzo de casi nueve minutos donde el bajo no solo acompaña, sino que lidera, tejiendo una narrativa que no necesita palabras. Burton, quien murió en un accidente de autobús meses después del lanzamiento del disco (27 de septiembre de 1986), dejó en “Orion” un testamento que sigue resonando. Es el tipo de canción que no solo escuchas, sino que sientes en los huesos.
¿Es Master of Puppets perfecto? No. “The Thing That Should Not Be” puede arrastrarse un poco para algunos, y “Leper Messiah” no siempre recibe el amor que merece. Pero como colección de canciones, como un puñado de metralla que te estalla en la cara, no hay otro en la discografía de Metallica que pegue tan fuerte y tan seguido. Es el disco que te recuerda por qué esta banda no solo sobrevivió al thrash, sino que lo moldeó a su imagen y semejanza. Siéntate, súbele el volumen y déjalo correr. No te va a decepcionar.

